La vida os resulta ardua

Extracto de Walden – Thoreau Henry David (1854)

La mayoría de los hombres, incluso en este país relativamente libre, por mera ignorancia y error, está tan preocupada con los cuidados facticios y las tareas rudas pero superfluas de la vida que no puede recoger sus mejores frutos. Sus dedos, de tanto trabajar, son en exceso zafios y tiemblan demasiado para ello. En realidad, el hombre trabajador y esforzado carece de tiempo libre para desarrollar una vida cotidiana íntegra y propia, ni siquiera puede mantener las relaciones más viriles con otros hombres, pues su trabajo se depreciaría en el mercado. No tiene tiempo de ser otra cosa que una máquina. ¿Cómo podría acordarse de su ignorancia-lo cual requiere de un crecimiento-quien tiene que usar sus conocimientos tan a menudo? Deberíamos alimentarlo y vestirlo gratuitamente de vez en cuando, y reconfortarlo con nuestros licores, antes de juzgarlo. Las mejores cualidades de nuestra naturaleza, al igual que la piel aterciopelada de las frutas, sólo pueden conservarse mediante una manipulación delicada. Y, sin embargo, ni a los demás, ni a nosotros mismos, nos tratamos con esa dulzura.

Algunos de vosotros, todos lo sabemos, sois pobres; la vida os resulta ardua, y a veces sentís una asfixia que prácticamente os impide respirar. No dudo de que más de uno entre los que estáis leyendo este libro no podéis pagaros todas las comidas del día, o las chaquetas y zapatos que lleváis y que ya están gastados o a punto de gastarse. Y habéis llegado hasta esta página pasando un tiempo prestado o hurtado, tras robarles una hora a vuestros acreedores. Me parece evidente que muchos de vosotros vivís unas vidas pobres y serviles, a este respecto la experiencia me ha aguzado bien la mirada; andáis siempre al límite, tratando de entrar en negocios y salir de deudas, un lodazal antiquísimo que los latinos llamaban aes alienum, el bronce de algún otro, porque algunas de sus monedas estaban hechas de bronce; siempre viviendo, muriendo, sepultados por el bronce de este otro; siempre prometiendo pagar, prometiendo pagar mañana, y muriendo hoy, insolventes; tratando de buscar favores, de hacer clientes de todas las maneras posibles, siempre y cuando éstas no os lleven a la cárcel; mintiendo, adulando, votando, encerrándoos en la cáscara de nuez de la civilidad o dilatándoos en una atmósfera de etérea y vaporosa generosidad, todo con tal de persuadir a vuestro vecino de que os permita hacerle sus zapatos o su sombrero o su traje o su coche o traerle a casa sus comestibles; enfermando para poder ahorrar algo para el día en que llegue la enfermedad, algo que guardaréis en la vieja cómoda o en una media o detrás de un tabique de yeso o, para más seguridad, en un banco de ladrillos¹; no importa dónde, ni si es mucho o poco.

1 Alusión irónica al pánico financiero de 1837, durante el cuál se hundieron muchos bancos.